RECORDANDO A JACQUELINE DU PRÉ

11/09/17 — POR

Hace treinta años fallecía de la peor manera la mayor cellista del siglo XX.

Por Vera-Meiggs

Que Dios sea acusado de ser un guionista cruel no es raro cuando la información sobre lo terrible que puede ser el mundo es tan abundante. Hoy sabemos en forma casi instantánea todo sobre las posibilidades del desastre, el número de víctimas y los daños irreparables sobre todo lo que nos rodea. La belleza, en vez, no es noticia. Sólo lo es cuando se pierde. Debe ser por eso que siempre el concepto aparece relacionado con la fugacidad, lo breve y frágil, pero al mismo tiempo con la imagen de lo memorable y profundo. El nombre de Jacqueline du Pré (1945-1987) circula entre los adictos a la alta música y a la cultura selecta y poco más allá, pero en ese ámbito sus seguidores siguen siendo legiones. Sus interpretaciones son estudiadas con devoción y los discos y filmaciones que se le hicieron son apreciadas con fervor cada vez que la televisión las rescata. Su prematura muerte ha contribuido mucho a mantener tal estado de cosas, eso y la vigente expresividad que sigue poseyendo el instrumento que motivó su fama.

EL VIOLONCELLO

Por razones que habría que averiguar con mayor profundidad, el cello, el violonchelo (o chelo como se lo ha castellanizado), es una de las estrellas de la orquesta desde hace cuatro siglos, mientras que algunos de sus hermanos y primos han pasado a formar parte de las vitrinas de la historia: la viola da gamba, el rabel (que todavía se mantiene en el folclore de muchos países, incluyendo el nuestro), el violón, la viola d’amore y fugaces variantes que no resistieron la comparación con este primo del violín, casi de la misma edad que él. Su fortuna ha sido permanente, quizás porque su registro y sonoridad lo asemejan mucho a la voz masculina. Desde el siglo XVII su presencia en la literatura musical es permanente. Sus mejores fabricantes fueron luthiers italianos, entre ellos el célebre Stradivarius, que le dio sus proporciones actuales y cuyos ejemplares existentes hoy son los instrumentos más caros del mundo. Del 1720 datan las seis suites para violoncello de J.S. Bach, las primeras obras con el instrumento solista. Los cinco conciertos de Joseph Haydn y los de Luigi Boccherini terminarían por afianzar la solidez expresiva de su registro y el siglo XIX ampliaría aún más sus posibilidades y popularidad con autores como Beethoven, Robert Schumann, Johannes Brahms, Édouard Lalo y Antonín Dvořák, entre muchos otros. Toda esta presencia protagónica del instrumento no disminuyó con los experimentos formales del siglo XX. Claude Debussy, Ildebrando Pizzetti, Arthur Honegger, Paul Hindemith, Serguéi Prokofiev, Darius Milhaud y Zoltán Kodály tienen numerosas obras para el “barítono de las cuerdas”. Además, la bendición de grandes intérpretes ha sido constante, entre ellos, el mayor de todos: Pau Casals (1876-1973), el catalán que fue capaz de renovar y ampliar el repertorio del instrumento, gracias no sólo a su calidad superlativa como intérprete, sino que también por sus investigaciones que lo llevaron al sensacional descubrimiento de las partituras de las suites de Bach, cuya grabación es uno de los monumentos más respetados entre los registros existentes. Pero también han estado Paul Tortelier y Mstislav Rostropóvich, los tres unidos por su descomunal talento, su escasa amistad entre ellos y por haber tenido de alumna a Jacqueline du Pré, chica algo díscola como ella misma confesaba. Y es que mujeres intérpretes de cello no existieron muchas hasta el siglo XX, principalmente debido a la colocación del instrumento entre las piernas, algo poco decoroso en tiempos anteriores. Mischa Maisky, Yo Yo Ma y Steven Isserlis están entre los más famosos cellistas de la actualidad. Y para refrendar la penetración del instrumento en la música contemporánea basta observar su utilización en el pop y en el rock en versión eléctrica y también tradicional.

86_Personaje_JacquelineDuPre

LA BELLEZA

Era parecida a la joven Liv Ullman, pero antes de los tormentos bergmanianos. Luminosa, enérgica y vital, transmitía una contagiosa alegría y una entrega total en lo que hacía, como si estuviera lista para emprender el vuelo, y eso se siente a menudo en sus interpretaciones. Y es que ese impulso la acompañaba desde los cinco años, cuando empezó a fascinarse con el instrumento que la haría famosa. Había nacido en Oxford al terminar la guerra. Afortunadamente su familia era de buena cultura musical y le pudieron permitir seguir estudios que muy prematuramente comenzaron a dar frutos. A los 16 años debutó con un recital ante un público que la consagraría ya como una futura estrella. Al año siguiente hizo la primera interpretación pública del Concierto para Cello de Edward Elgar, obra famosa y respetada, pero poco escuchada en las salas por su tono melancólico, a menudo ejecutado como fúnebre. Jacqueline cambiaría esa lectura desde esa primera aparición y los mejores críticos de Inglaterra acusaron recibo de lo que se venía con la adolescente desgreñada y dentona, cuyas vibraciones corporales hablaban de una intensidad rara y de una energía capaz de poner en circulación un concierto amenazado por el polvo. Un admirador anónimo puso a su disposición un auténtico Stradivarius, con el que haría casi todas sus grabaciones. La amplificación del repertorio que iba adquiriendo con pasmosa rapidez la impusieron a un público exigente y a mitad de los sesenta ya se dijo que era uno de los genios mundiales de la interpretación. En 1966 se enamora del pianista y director de orquesta argentino israelí Daniel Barenboim y en 1967 se hace judía para casarse con él en Jerusalén, en medio de la Guerra de los Seis Días. Ambos forman un cuarteto junto a Itzhak Perlman y Pinchas Zukerman con los que graba música de cámara que es lo mejor de su legado. También una serie de grabaciones, hoy consideradas históricas, del concierto de Elgar, una de ellas dirigida por Barenboim y otra por John Barbirolli. La primera está disponible en la web y permite una preciosa aproximación a la expresividad de Jacqueline. También su versión del Concierto para Cello de Dvořák, dirigido por Sergiu Celibidache, se consideró una de sus cumbres interpretativas. Todo iba sucediendo muy rápido, como todo en los sesenta, y su trepidante ritmo de presentaciones la alejó de los escenarios por un tiempo, con signos de claro agotamiento. Pero no era agotamiento.

EL INFIERNO

En 1971 para ella fue evidente que algo sucedía con sus dedos, que ya no sentían las cuerdas y después de exhaustivos exámenes se llegó a un diagnóstico lapidario: Jacqueline du Pré, la mayor cellista del mundo, tenía esclerosis múltiple. En 1973 la noticia no se pudo ocultar más con la cancelación de todas las presentaciones programadas y la estrella más alegre del firmamento musical británico desapareció de la mirada pública. Cinco años después, aprovechando una mejoría, intentó volver a la interpretación, grabó algunos discos, pero en 1978 abandonó definitivamente los intentos. Dicen que lo que ocurrió después en el hogar de los Barenboim fue pesadillesco. La parálisis progresiva creció junto con un carácter irascible y cruel. Barenboim la dejó y se fue a Paris con una nueva pareja. La familia de Jacqueline se encargó de ella, mientras se hacía más y más intratable. Quedó completamente inmovilizada y el novio de su hermana parece haberse aprovechado de la situación. La desdichada “Smile”, como la llamaban sus amigos, hizo lo posible por volver al trabajo como profesora, así la filmaría Christopher Nupen, a quien se le deben sus últimas imágenes públicas, y dictó algunas clases magistrales cuando ya ni las manos lograba mover. A los 42 años finalmente moriría, en octubre de 1987, acompañada de Barenboim. Su Stradivarius fue entregado a Yo-Yo Ma, que lo sigue usando. Barenboim se casó con su pareja y tienen dos hijos. Los hermanos de Jacqueline escribirían un venenoso libro sobre la difunta, que serviría para obras teatrales, para una película y que daría mucho dinero. Más recientemente, los sobrinos de Jacqueline, hijos de Hillary Du Pré y del novio aquel, desmintieron la versión que habían levantado sus padres sobre la voracidad sexual de la desdichada artista. La miseria familiar fue ventilada sin misericordia. Y es que el talento extraordinario de “Smile” sigue siendo tan potente que cualquier información sobre ella puede seguir generando pingües ganancias, como con la Princesa de Gales, Marilyn Monroe, James Dean y los pocos que los dioses han arrebatado antes de tiempo.

Comentarios

  • “No veo a ningún Dios aquí arriba”, Yuri Gagarin (1934-1968), hablando desde la órbita terrestre.
  • “La arquitectura es la ordenación de la luz; la escultura es el juego de la luz”, Antoni Gaudí (1852 - 1926)